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  • IUSNATURALISTAS, ¿DONDE ESTAIS?. 14/12/2012 14 DICIEMBRE 2012
     
         Sin ánimo de simplificar en exceso, se podrían dividir entre “iusnaturalistas y iuspositivistas” las dos visiones antagónicas que sobre el derecho han sostenido los filósofos y pensadores a lo largo de la historia.
          Los iusnaturalistas, empezando por el mismo Aristóteles, han venido sosteniendo a lo largo de los siglos que las leyes son buenas en tanto respetan la ley natural, considerada como un conjunto de principios inmutables que el ser humano reconoce con el simple uso de su razón. Vendría a ser la ética o la legitimación que tienen las normas por respetar una serie de principios básicos que son inescindibles de la naturaleza humana. Es el origen de los denominados derechos fundamentales que han servido de base a las declaraciones universales de derechos humanos.
          Por el contrario, los iuspositivistas, poniendo en duda la existencia de dichos principios, han elaborado una serie de teorías basadas en la bondad de las leyes en tanto en cuanto son dictadas por los hombres. Es decir, la legitimidad viene superada por la legalidad que supone que el ser humano, organizado en sociedad, se otorga unos mecanismos para la aprobación de las leyes, como lo son los sistemas democráticos. Y en consecuencia, si una mayoría de ciudadanos, en el libre ejercicio de sus derechos democráticos, aprueban una ley, esta es buena en sí misma. Sería la contraposición entre los conceptos legalidad versus legitimidad. Los defensores de esta corriente filosófica sobre el derecho han pretendido desacreditar el iusnaturalismo por el hecho de que algunas religiones han intentado apoyarse en la ley natural para justificar la crítica a las leyes injustas.
          Pero como todas las simplificaciones son malas,  la misma historia ha hecho que con posterioridad a las recientes guerras mundiales, después de sufrir la humanidad regímenes totalitarios de diverso signo, aparezcan de nuevo quienes defienden el respeto a la ley natural. El ser humano, aún democráticamente y organizado en sociedad, puede acordar leyes injustas. Y la historia nos lo ha demostrado sobradamente.
          En la actualidad, en un mundo hiperinfluido por las nuevas tecnologías y las redes sociales, estamos sometidos a la dictadura de las mayorías. Con frecuencia utilizamos expresiones como “este partido ha ganado las elecciones”, o “aquel otro partido ha perdido”. Para pasar inmediatamente a encumbrar al ganador y estigmatizar al perdedor, en un claro ejemplo de lo que la actual sociedad competitiva entiende como bueno y malo.
          Nadie se acuerda ahora de que existe un derecho fundamental y básico (ley natural) que es el del respeto a las minorías. Los sistemas democráticos han deificado al ganador, y proscrito al perdedor. Tan solo encontramos en el sistema de derecho anglosajón un cierto respeto por las minorías al dar reconocimiento político a la figura de la oposición que “no ha ganado” las elecciones democráticas, concediéndole el status de institución, con una serie de derechos y prerrogativas.
          Por estos lares en cambio, el que pierde está condenado durante cuatro años al limbo de los justos, lejos del reino de los poderosos.
          Y como consecuencia de esa perversión del sistema político democrático, nos encontramos con un abuso de la potestad legislativa del gobernante, a la que se suma en numerosas ocasiones una deficiente técnica jurídica a la hora de redactar las normas. Por cierto, ahora ya no solo las denominamos leyes, si no  también normas, reglas, preceptos… Lejos del concepto de legitimidad, de lo fundamental, de lo natural, de lo ético, de lo justo.
          Parece como si el ser humano haya acabado por no fiarse de sí mismo, de su razón, de su capacidad para reflexionar sobre lo que está bien y lo que está mal en solitario. Necesita socializar sus errores, y legitimarlos con las urnas. Es decir, hemos abandonado la justicia de las letras para lanzarnos a los brazos de los números. Las cifras que conceden porcentaje de votos, escaños, diputados.
          La dictadura del 51%.
          Esta falta de confianza en el hombre no es nueva. Ya lo dijo Hobbes: “El miedo y yo nacimos gemelos”. Atemorizado por la presencia de la española armada invencible frente a las costas británicas. Para dejar como una losa en la historia de la filosofía aquella frase del Leviatán: Homo homini lupus (los hombres se devoran entre sí). Sosteniendo que al hombre, que es egoísta por naturaleza, lo que le hace perder esa libertad originaria, imponiéndose la necesidad de un contrato social, para finalmente justificar la necesidad de una monarquía absoluta ante el peligro inminente una guerra de todos contra todos (Bellum omnium contra omnes).
          Claro que pronto vino Montesquieu para defender en su obra  El espíritu de las leyes la separación de poderes, la necesidad de una justicia que compensara los desequilibrios generados por gobernantes y legisladores. ¿Pero… quién nombra a los jueces que tienen la docta y justa labor de interpretar las leyes y adaptarlas a esa ley natural, a esos derechos fundamentales, a esas constituciones?.
         Los que ganan.
         Además de los del 15-M ¿Queda algún iusnaturalista en la España del siglo XXI?
         Mientras esperamos el renacimiento del iusnaturalismo, tendremos que soportar el imperio de los que como Voltaire siguen aquella norma de “Si alguna vez ve usted saltar a un banquero suizo por la ventana, salte detrás, seguro que hay dinero que ganar”.  
         Y a la espera de que aumente la implicación de las personas  que crean que esto se puede cambiar desde dentro, nos quedaremos con el laconismo del estoico pero polémico Séneca (cordobés que si viviera en la actualidad seguro que sería del Betis), cuando en uno de sus diálogos dejó caer esta Sentencia: "Para mí, ninguno me parece más infeliz que aquel a quien jamás sucedió cosa adversa".
      
         P.D.: Por cierto,  la asignatura de Derecho Natural no existe en el actual Plan de Estudios de Derecho. En cambio se imparte otra llamada “Principios e Instituciones Constitucionales”.   ¿Será lo mismo?.

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