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  • EL VALOR DEL TIEMPO 3 ABRIL 2013
     

     

                   

    Pero en los últimos tiempos, parece que se ha venido degradando el significado del refrán, hacia consideraciones más mundanas, menos trascendentes. Se había  llegado a valorar el tiempo en si mismo, no en tanto a lo que significa en términos relativos en relación con la duración de la vida, sino más bien en una especie de encumbramiento o mitificación del ocio, del no hacer nada, o en todo caso hacerlo para uno mismo. Una especie de egoísmo antropológico que se traducía en lo afortunada que se consideraba una persona cuantas más vacaciones hacía, o cuantas menos horas trabajaba. Siempre aplicando a la mesura del tiempo criterios cuantitativos, no tanto cualitativos como son la libertad a la hora de poder escoger el momento para el ocio, o un horario adaptado a las necesidades de conciliación de la vida laboral y familiar.

     

                    ¿Y ahora?. ¿Se puede seguir afirmando que alguien que tiene mucho tiempo libre es afortunado?.

     

                    Naturalmente no en la mayor parte de los casos. Con los índices de paro que tenemos. No trabajar no se puede considerar estar de vacaciones. Pero por otra parte tenemos la oportunidad de reflexionar sobre el valor del tiempo, de la relatividad del mismo concepto de crisis en relación con el tiempo. La recesión es eso, una ralentización de la economía.

     

                    Ahora es el momento de analizar, de mirar hacia atrás, de ver los errores, pero no para buscar culpables, sino para no volver a repetirlos. Al ralentí, al “tran-tran”, podemos incluso disfrutar de un paisaje que estaba ahí, siempre ha estado pero no nos habíamos fijado. Corríamos hacia ninguna parte, o quizás sí hacia algún lugar concreto, pero muy lejano, inalcanzable. Lo estamos comprobando.

     

                    La cuestión estriba ahora en que, si estamos de acuerdo en que toca ir más despacio, habrá que estarlo también en que quién ahora pretenda correr más que nadie, llegar el primero, quedarse con más parte del pastel del que le toca, o en definitiva especular, deberá ser medido ética y moralmente por la sociedad. O incluso penado por las leyes.

     

                    De hecho, ya se están viendo las consecuencias de la llegada de la crisis a la administración. Después de comprobar cómo la subida de impuestos no conlleva mayor recaudación, ya se ha puesto el dedo apuntando hacia donde nunca se había hecho, el fraude fiscal y el desmantelamiento de la ingeniería fiscal de las grandes empresas.

     

                    Ese es el camino, una política fiscal realmente redistributiva de la riqueza. Que en tiempos de crisis significa luchar contra la especulación, el fraude y la corrupción. Son tres males que hemos fabricado en tiempos de bonanza, y que ahora toca erradicar. Cuando toca ir despacio, adquiere mayor gravedad la conducta de quién quiere correr, atajar, o sencillamente saltarse el recorrido que marca la sociedad.

                   

                    Y, ante quién opina que la nuestra es una generación perdida, solo cabe una respuesta: depende de a qué dedique uno su tiempo. Si a especular o a vivir trabajando y respetando los derechos de los demás.

                    Tenemos todo el tiempo del mundo para ajustar nuestro modelo social y económico a esta nueva realidad, hagámoslo bien, seamos justos. Al final hablamos de eso, de Justicia.

                    Los balances se hacen al final.

                    Y el oro también es una burbuja.

     

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