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  • CORRUPCION, CRECIMIENTO Y ESTABILIDAD 16 MARZO 2015
     
         Superada la inicial etapa, la de los primeros años de la crisis, en que todo giraba alrededor de las denominadas medidas estructurales, y a la dialéctica entre austeridad o aumento del gasto social para amortiguar los efectos de la crisis, se ha producido una especie de estancamiento del debate (intuyo que ante las dudas de los defensores de ambas posturas sobre si realmente es una combinación de ambas la acertada).

         
           
    Este estancamiento ha derivado en la búsqueda desesperada de un analgésico que nos ayude a ver pasar los meses a la espera de la ansiada recuperación económica. Y lo hemos encontrado con la corrupción. Ahora parece que la corrupción es la culpable de todos los males de nuestra economía. No sé quién fue que dijo ya hace unos años que veríamos lo que estamos viendo ahora. La figura del delator de corruptos ya ha cogido cuerpo. Y ahora, es la misma crisis la que ha animado a muchos “informadores” a sacar a la luz pública asuntos que antes no salían. Ya sea por qué no eran importantes a efectos macroeconómicos, ya sea por cuanto los responsables políticos de su evitación, y en su caso persecución, se encontraban “empatados” entre sí (entiéndase que todos estaban en el mismo barco) y consentían recíprocamente lo que entonces se venía a denominar “corruptelas del sistema”.

     

         Uno tiene la teoría de que no es que ahora todo esté peor. Si no que, sencillamente, la crisis ha llevado a la necesidad de denunciar por motivos de pura necesidad económica del denunciante. E incluso cayendo en la extorsión. Pero en cualquier caso adviértase que casi todos los temas que están saliendo a la luz pública son temas que provienen del pasado, incluso lejano y prescrito penalmente.

     

         Entonces, se puede afirmar que no ha cambiado la percepción de la clase política acerca de la gravedad de la corrupción, no ha llegado a cuajar una verdadera voluntad de que no vuelva a pasar. Es otra cosa. Por una parte, la misma austeridad y falta de recursos han hecho que los temas de debate político queden reducidos a la mínima expresión. Y entonces, solo encuentran muchos políticos como motivo de disputa la ventilación de trapos sucios del pasado, aunque solo sea para que parezca que hacen algo,  que hablan, que polemizan entre ellos, y en definitiva que se ganan el sueldo. Qué paradoja.

     

          Pero lo que no ha podido evitar la clase política (la que aún conserva su cargo) ha sido que muchos ex políticos, condicionados por sus necesidades económicas y su ya atisbada "precariedad laboral",  sufran ahora un repentino ataque de moralidad, y decidan denunciar a sus ex correligionarios, cuando no lo habían hecho antes, revelando una aún más si cabe bochornosa imagen a caballo entre la extorsión y el encubrimiento.

     

         Pues bien, cuando ya venimos utilizando el analgésico de la corrupción para no atender los asuntos esenciales y estructurales del país, durante más de dos años, ahora parece que nos hemos dado cuenta de que este analgésico puede tener efectos secundarios (léase la mala fama que a nivel internacional nos estamos dando unos a otros) . Y los gurús de la política han decidido que hay que ser positivos (proactivos), y empezar a taladrar en los medios de comunicación el concepto recuperación.

     

         Y es en este punto cuando entramos en una especie de bucle (otros le llaman “el día de la marmota”, o el “hámster”), y vuelven los "pseudoeconomistas" a recordar lo que a principios del 2009 era común denominador en los analistas: la necesidad del crecimiento económico y de la estimulación del consumo. Aunque seguimos sin encontrar en los análisis otra cosa que diagnósticos sin receta. Es evidente, obvio, que el crecimiento es necesario, y la lenta aparición de la inflación y el crecimiento de los tipos de interés. Pero esta teoría ya viene en los manuales de economía. Está bien estudiar. Pero ahora necesitamos líderes políticos que asuman el riesgo de escoger un camino, opues hay varios modelos a seguir, para en definitriva convertir el crecimiento en riqueza; y la riqueza en justicia social.

     

         Es evidente que el modelo especulativo-inmobiliario-financiero español ha sido un desastre para nuestras estructuras económicas y sociales. Pero no querer ver que eso es nuestra esencia, mal que nos pese, y que las esencias no se pueden cambiar, es un error. Somos como somos, y venimos de dónde venimos. Evidentemente no hemos de volver a considerar el sector inmobiliario/hipotecario como un puntal de nuestra economía, pero tampoco podemos pretender aprender ahora a hacer cosas que no se pueden aprender un lustro, es cuestión de toda una generación. Nuestros hijos, además de reprocharnos haberles dejado un futuro gris, deberán aprender de nuestros errores. El primero de los cuales fue no ser capaces de reconocer que no fue un problema de buenos y malos. Fue el sistema en sí el que falló, y nosotros fallamos después no siendo capaces de asumir los errores como propios, y salir adelante sin dejar atrás a nadie. Al contrario, durante más de cinco años se ha estado haciendo una división entre perdedores y ganadores, absolutamente injusta y que ha distanciado aún más a las clases media y baja de una élite de especuladores irresponsables. En el sentido literal del término irresponsabilidad.

     

         Por ello, antes que seguir divagando acerca del crecimiento económico sin propuestas concretas, hay que apuntalar la economía desde la óptica social. Recuperar a las personas y empresas que se han quedado atrás por causa de la crisis, y hacerlas partícipes del crecimiento. Quienes quieran ver en la crisis una oportunidad para su enriquecimiento o crecimiento particular, deben ser claramente señalados y marginados por la sociedad. Incluso los que ya lo hayan hecho estos últimos años. Con efectos retroactivos, si es necesario.

     

         Lo anterior nos llevaría a la final dialéctica propuesta con el título de este artículo: la estabilidad. Término también recurrente sobre todo por los sectores políticos más conservadores, que entienden que es mejor que las cosas no cambien a que vayan a peor. Confundiendo estabilidad y conservadurismo con estancamiento económico. Para que las cosas mejoren, han de cambiar, el miedo a empeorar es humano, pero no es socialmente útil.

     

         La estabilidad es buena para los mercados, dicen. Siempre se ha aceptado como una máxima.

       
         Pero la pregunta es: ¿y si los mercados ya están enfermos?. Entonces, por la misma lógica, defender la estabilidad ahora, solo nos lleva a perpetuar la crisis de los mercados. Nos cierra las puertas a la recuperación y al crecimiento.

          
         Porque, no podemos perder de vista que antes de la crisis, como país, teníamos un ranking en comparación con el resto de países. Ahora, sin duda por errores políticos antes y durante la crisis, hemos retrocedido en ese ranking. Y no sería justo que los errores políticos los paguen los ciudadanos, en su conjunto como estado o país.  En definitiva, la estabilidad será buena cuando sea el resultado o consecuencia de la justicia social, de la asunción de responsabilidades por parte de quienes hayan cometido errores políticos, y por supuesto de la recuperación de la confianza en los dirigentes, en los mercados, y en nosotros mismos como integrantes de una sociedad que quiere mejorar en su conjunto, y no se limita a observar las consecuencias de las desigualdades producto de la crisis económica.

     

         Frente a ese concepto de estabilidad, suena mejor el cambio, el movimiento, el progreso, en definitiva el electroshock que nos devuelva al año 2008.

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