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  • FE EN LA JUSTICIA 13 JUNIO 2013
     
                     Con la crisis hemos ido indudablemente a peor en términos económicos. Ahora unos están mejor que antes, los menos, y la mayoría tienen la percepción de que el cambio de paradigma que nos ha traído la crisis hemos ido a peor.
                     Pero en términos de Justicia hemos avanzado mucho. El sistema judicial, ha evolucionado y se ha adaptado a la nueva situación por medio de sus diferentes mecanismos, Jueces, Secretarios Judiciales, Abogados, Procuradores, Perítos, (vaya el corrector de texto no me deja escribir Períto con acento en la “i”, será que el catalán ya empieza a traspasar fronteras).
                    Se ha producido un cambio cultural de los ciudadanos que ya han aprendido a utilizar la Justicia como un servicio en lugar de cómo un frontón al que lanzar las pelotas de sus frustraciones. Aunque todo es mejorable, y en eso seguimos.
                    Pero vuelvo al tema de la fe. Un abogado de Sant Boi de Llobregat creyó en la Justícia (con mayúsculas), y persistió hasta Bruselas para que un Tribunal le reconociera que el sistema procesal civil español tenía graves deficiencias.  Los abogados y procuradores en general, con el apoyo muchos Jueces, Secretarios y funcionarios judiciales, hemos clamado contra las Tasas Judiciales, y estamos ganando la batalla a un Ministro que sigue entendiendo la Justicia como algo que utilizan los ciudadanos para “molestar” a los Juzgados que bastante sobrecarga de “faena” tienen ya.
                    Somos muchos abogados los que no nos conformamos con el principio de “seguridad jurídica”, para justificar la ineficacia de las normas. Y luchamos por obtener resoluciones judiciales que mejoren una legislación que siempre ha ido a remolque de la jurisprudencia, y que se ha quedado mucho más atrás en cuanto llegó la crisis.
                    No acabaría poniendo ejemplos. Pero empezando por ejecuciones judiciales de entidades financieras que desconocen, en términos generales, el concepto transacción extrajudicial, y se limitan a perseguir a ciudadanos que no pueden pagar sus deudas . Aún sabiendo que los procedimientos judiciales que inician no acabarán nunca. Continuando por administraciones públicas que siguen pretendiendo recaudar impuestos a ciudadanos absolutamente “exprimidos” económicamente. Y que siguen dando valores catastrales a inmuebles que, por culpa de una inexistente política económica, han bajado más de un cuarenta por ciento en su valor. Y terminando por procedimientos concursales en los que los acreedores preferentes (administración y bancos), en lugar de favorecer la continuidad de las empresas, se lanzan a por los pocos bienes que existen, para asegurar el cobro de sus créditos; con dudoso éxito en la mayor parte de los casos. Por no hablar de los numerosos procedimientos de derecho de familia (matrimoniales o de pareja de hecho) en que los progenitores se desgañitan por obtener una custodia o una pensión, cual trofeo, aún en la consciencia de que el principio “favor filii” establece que el interés primordial es el de los hijos. Claro que viendo según qué programas de televisión se entiende que aún quede mucha gente que piense que los Juzgados son una especie de “platós” de televisión donde escenificar sus controversias familiares. Pues eso de que los Juicios sean grabados en vídeo parece que le “pone” a más de uno.
                    Por todo ello, y después de comentarlo con otros compañeros abogados, nos hemos decidido a poner nuestro granito de arena en la contribución a seguir mejorando cualitativamente la Justicia (cuantitativamente solo se puede mejorar con más presupuesto del Ministerio del Sr. Gallardón, que por el momento está en otra onda). Y así pensamos que una forma distendida, al tiempo que eficaz de contribuir a extender la idea de que la Justicia es mucho más que el cumplimiento de las reglas del juego, sería iniciar unas “crónicas judiciales”, en las que pusiésemos en evidencia la falta de lógica o de sentido común en la actuación de los diferentes operadores jurídicos, que a menudo nutren de anécdotas las conversaciones entre letrados, en que nos explicamos, a modo de “coaching profesional” las experiencias surrealistas que vivimos aún a menudo, derivadas de actuaciones de Abogados, Jueces, Secretarios e incluso ciudadanos a diario en los Tribunales de Justicia. No hace falta puntualizar que siempre con el debido respeto al secreto profesional.
                    Empezaré con una anécdota que no es la más interesante que me haya ocurrido en mi carrera profesional, pero sí de las más recientes.
                    Hace poco, un cliente que estaba intentando evitar presentar concurso de acreedores de su empresa, me encargó la liquidación de una serie de deudas con distintos proveedores. Llegamos a la conclusión de que solo podíamos dejar la empresa “limpia” si hacíamos una quita importante de la deuda, ofreciendo el pago inmediato de la misma, o al menos en cortos plazos de liquidación. Y vaya por delante que con este cliente le he evitado a los tribunales de Justicia como mínimo seis procedimientos judiciales.
                    Cuando ya teníamos casi todos los temas liquidados, nos quedó un pequeño tema de menos de 3000 euros. Mi cliente estaba convocado a un juicio verbal, y con antelación suficiente transmití a la compañera contraria una propuesta de pago de más del cincuenta por ciento, que era una buena propuesta, dado que se trataba de un contrato de larga duración, que se mantenía vigente, y que con la propuesta de acuerdo transaccional dejaba a ambas partes en una posición equitativa.
                    Por razones que no vienen al caso, pero que eran ajenas a mi voluntad, llegó el día del juicio verbal, y el acuerdo lo teníamos apalabrado, pero no concretado por escrito.
                    Yo, en la convicción de que por aquello de la economía procesal (en su doble acepción: burocrática y monetaria), acudí al Juzgado sin Procurador, entendiendo que un acuerdo transaccional planteado in voce ante S Sª, sería homologable y con ello zanjado el tema por la vía rápida.
                    S Sª, por razones que desconozco, tardó más de media hora en iniciar la vista. Era el primer juicio de la mañana.
                    Nos pidió disculpas, y abrió el acto preguntándome: “¿Y su Procurador?”. Yo le contesté que aunque por la cuantía era preceptivo, entendía que para proponer un acuerdo transaccional al que ya habíamos llegado las partes mientras esperábamos en el vestíbulo de la Sala de Vistas no sería necesario.
                    SSª aprovechó la ocasión para darme una rápida lección de derecho procesal civil básico, que acepté estoicamente. No encajé con el mismo grado de deportividad cuando apeló a mis canas (que las tengo) para reprocharme que no supiese que en un procedimiento de más de 2000 euros el Procurador es preceptivo. Pero no polemicé.
                    Abro paréntesis: Digo lo de “no polemicé”, por qué en otro juicio reciente, cuando por parte de SSª se me estaban declarando improcedentes todas las preguntas que estaba intentando formular a la parte contraria, inicié una frase dirigida a SSª diciendo: “Perdón Señoría, sin ánimo de polemizar…”, y SSª me cortó espetando: “Pues si no quiere polemizar no siga…”
                    Obedecí, de nuevo estoicamente, me callé. Seguí preguntando, y al final conseguí formular dos preguntas de las diez que llevaba preparadas. El juicio lo gané…
                    Cierro paréntesis.
                       Volviendo a la primera crónica. Tras la reprimenda por comparecer en el juicio verbal sin Procurador, como decía no polemicé. Adopté una actitud de resignación, le pedí disculpas a SSª, e hice el gesto de levantarme. Y acto seguido SSª se dirigió a la compañera contraria y le comentó: “Sabe vd. que si yo abriera el acto del juicio en ausencia del demandado vd. podría hacer lo que quisiese?…” Yo rápidamente intervine, para evitar el desagradable trance que estaba haciendo pasar a mi joven compañera (que si que había comparecido con su Procuradora), que estaba de acuerdo conmigo en celebrar el juicio para tan solo conciliar el acuerdo transaccional anteriormente convenido conmigo verbalmente, y dije: “Señoría, no se preocupe, que somos buena gente, tenemos un acuerdo verbal entre compañeros y lo vamos a respetar, aquí y fuera del Juzgado”.
                    SSª cambió de parecer repentinamente: “No se levante. Y sin que sirva de precedente le voy a dejar continuar sin Procurador”.  Mi compañera planteó el acuerdo transaccional, al que yo simplemente me adherí. Esa fue toda mi intervención oficial. La no gravada duró casi media hora.
                    El Juzgado homologó el acuerdo, y todo quedó resuelto en una vista que oficialmente duró menos de 10 minutos. Aunque de hecho si contamos la hora para la que estaba señalado el Juicio, y la hora en que salimos por la puerta de la Sala, éste duró más de hora y media.
                    En definitiva, se esfumó aquel día tontamente más de una hora de trabajo de un Juez, un Secretario Judicial, dos abogados, un Procurador y  un funcionario judicial. Sin contar el tiempo de las partes, mi cliente por lo menos.
                    En definitiva, aquel día me volví para mi despacho con una especie de sensación confusa. ¿Quién le hizo el favor a quién?.
                    Supongo que alguien podrá pensar que aquel día me la jugué, y que podía haber perdido aquel pequeño juicio por una cabezonería (en realidad no lo era del todo pues mi Procuradora tenía otra vista a la misma hora).
                     Yo creo que no. Las cosas se cambian con hechos, no solo con palabras. Y si queremos realmente mejorar la confianza de la gente en la Justicia, hemos de ser capaces de demostrar eficacia sin olvidar la equidad, y agilidad al tiempo que sensatez.
                    El que quiera puede seguir pensando que las Salas de los Juzgados están solo para el lucimiento personal de los juristas.
     
                    Propongo una ronda de anécdotas inicial sobre este tema:
                    Seguridad jurídica versus eficacia judicial.
     
                    Daniel Peralta Nebot

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